Y hablando y hablando de miedo, me vino un recuerdo de cuando niña: El miedo al Coco.
Llegada la media noche todos los niños deben de hallarse tranquilamente durmiendo en su cama. Así se comportan los niños buenos. Pero aquellos que desobedezcan a mamá, aquellos que sean rebeldes o se levanten de la cama, tendrán inexorablemente que enfrentarse al terrible Coco.
Todos lo conocemos y lo recordamos. Tiene la cabeza muy redonda y está lleno de pelo. Por ello los conquistadores llamaron del mismo modo a una fruta tropical con la que se encontraron al llegar a América. Con ellos viajó el coco, que de este modo conquistó el mundo entero extendiéndose por todas los hogares del universo para ayudar a las madres a asustar a sus hijos. Dicen los investigadores que el coco es la representación universal del miedo infantil.
El medio del cual se valen los padres y la misma sociedad para enseñarles a sus hijos la diferencia entre el bien y el mal. El coco se halla en la obscuridad, oculto en las sombras de la noche, al otro lado de la línea que nunca se debe rebasar, la línea que separa el bien del mal.
Este asustador profesional, uno de los más populares, se halla alojado en nuestra memoria colectiva y ni siquiera el paso de los años y la aparición de nuevos espectros cinematográficos y literarios han conseguido arrinconarlo.
Todavía hoy la mayor parte de los niños del planeta son amenazados con la figura del Coco. Resulta curioso comprobar como esta espantosa presencia con la que se ha intentado asustar a la infancia, termina adquiriendo un cierto carácter dulce y tierno.
Ejemplo de ello lo tenemos en las famosas canciones de cuna. Aquellas maravillosas nanas que nos arrastraban a un placentero sueño y que siempre estaban atestadas de espantosos cocos. Las variantes de la nana son innumerables pero quizás la más conocida sea:
Duérmete niño
Duérmete ya
que sino el coco
te comerá.
PERO…
Los niños, como cualquier persona, evitan acercarse a aquellas situaciones que les dan miedo. Su imaginación es, durante esta edad, una máquina muy potente. Por eso es tan efectivo utilizar el miedo para evitar una conducta que no se desea.
Nuestro hijo, bajo la amenaza del coco, el cuarto oscuro, o el hombre del saco, se comportará como un santo. Pero ¿sabemos realmente lo que estamos haciendo?
Muchos padres utilizan la técnica de “meter miedo” para que sus hijos se comporten de una determinada manera. Pero es muy diferente explicar que hay cosas peligrosas que no deben hacerse, que utilizar y crear miedos para controlar la conducta de los hijos a lo que los padres desean. Y eso no está bien.
El recurso al miedo para controlar el comportamiento infantil es una práctica educativa muy inadecuada y peligrosa. Funciona al momento, pero a largo plazo puede desarrollar problemas muy serios: fobias, ansiedad y angustia que pueden no superarse nunca.
De la misma manera, los castigos no pueden ser generadores de miedos. Nunca debemos castigar a nuestro hijo haciéndole pasar un mal rato como el de enfrentarle a algo que le dé miedo.
